Precalentamos el horno a 180°C con calor solo abajo. Forramos la base del molde con papel de hornear y engrasamos bien los laterales con mantequilla. Truco Soulfood: Forra el exterior del molde con papel de aluminio (papel de plata) para asegurar que no entre ni una gota de agua al cocinarla al baño maría. Separamos las yemas de las claras. Montamos las claras a punto de nieve (que queden firmes pero no secas). Reservamos.
En un bol aparte, batimos las yemas con el queso crema hasta que la mezcla sea una seda, sin un solo grumo. Añadimos la leche condensada y removemos bien hasta que esté totalmente integrada.
Incorporamos las claras montadas a la mezcla de queso poco a poco. Usa una espátula y haz movimientos envolventes (de abajo hacia arriba, con mimo). No batas, o perderemos el aire que hace que esta tarta sea una "nube".
Vertemos la mezcla en el molde y damos unos golpecitos suaves contra la encimera para eliminar burbujas grandes. Colocamos el molde dentro de un recipiente más grande y llenamos este último con unos 2 cm de agua caliente.
Cocinamos durante 35-45 minutos (según tu molde). Si te gusta que la parte de arriba tenga ese color dorado precioso, activa el calor arriba los últimos 5 minutos vigilando de cerca.
Apaga el horno y deja la tarta dentro con la puerta entreabierta. Este paso es vital para que el cambio de temperatura no haga que la tarta se baje de golpe. Una vez fría, desmoldamos con cuidado.
Una vez que la tarta esté a temperatura ambiente, llévala a la nevera durante un mínimo de 4 a 6 horas (aunque mi recomendación de siempre es dejarla toda la noche). El frío hace que la textura pase de ser simplemente aireada a ser una seda que se funde en la boca. Sírvela bien fresquita para que la experiencia sea completa.