Yo suelo preparar la masa de las albóndigas la noche anterior. Mezclamos la carne con el ajo, el perejil, el pan mojado en leche y el huevo. Salpimentamos al gusto y lo dejamos reposar en la nevera toda la noche. No es estrictamente necesario, pero os aseguro que la textura mejora muchísimo.
Formamos las bolitas, las enharinamos y las freímos en abundante aceite. Es muy importante que queden bien doradas por fuera y que no queden crudas, así mantendrán su forma y todo el sabor durante el guiso. Reservamos sobre papel absorbente.
Por otro lado, en la misma cazuela, preparamos un sofrito con la cebolla, la zanahoria y los tomates rallados. Lo hacemos a fuego muy lento, con paciencia, hasta que esté bien concentrado y caramelizado.
Una vez hecho el sofrito, añadimos el agua o el caldo. En cuanto rompa a hervir, incorporamos las albóndigas, bajamos el fuego al mínimo y dejamos cocinar aproximadamente una hora haciendo ese "chup-chup" que tanto nos gusta.
Mientras el guiso se hace, limpiamos las alcachofas retirando las hojas duras y dejando solo el corazón cortado a cuartos. Las añadimos a la cazuela cuando las albóndigas lleven unos 35 minutos de cocción.
Aparte, freímos las patatas a dados hasta que estén bien doradas y las retiramos sobre papel absorbente para eliminar el exceso de aceite. Añadimos sal al gusto.
Preparamos una picada tradicional con los frutos secos, el ajo y el perejil. Para terminar, añadimos las patatas fritas y la picada a la cazuela. Dejamos que todo hierva junto apenas dos minutos para que los sabores se abracen... ¡y a disfrutar!