Comenzamos preparando el alma de la croqueta. Coge la pechuga de pollo (ya sea cruda o ese resto de pollo rustido que tanto sabor tiene) y trínchala muy fina.
En una cazuela con un buen chorro de aceite de oliva, añade la cebolla troceada muy pequeña.
Dejamos que se poche a fuego lento, sin prisa, hasta que esté bien transparente y dulce. En ese momento, incorporamos el tomate rallado. Este paso es el secreto de la Iaia: dejamos que el tomate pierda su agua y se concentre con la cebolla hasta que tengamos un sofrito brillante, oscuro y lleno de sabor. Es la base donde nacerá todo el aroma de nuestra croqueta.
Ahora es el momento de añadir el ingrediente principal, y lo haremos dependiendo de cómo lo tengamos:Si el pollo es crudo: Lo trinchamos muy finito y lo añadimos ahora al sofrito de cebolla y tomate. Dejamos que se cocine bien con el resto de ingredientes para que suelte sus jugos y se impregne de la base.Si el pollo es de cocido (o rustido): Como ya está cocinado, lo trinchamos con cuidado y lo añadimos al final de este paso. Solo necesitamos que dé un par de vueltas con el sofrito para que se "abrace" a los sabores, pero sin pasarnos de cocción para que mantenga su jugosidad. Con el sofrito y el pollo ya integrados, añadimos las 2 o 3 cucharadas de harina. Este paso es crucial: hay que remover bien y dejar que la harina se tueste durante un par de minutos con el calor del aceite. Al "cocinar" la harina evitamos que las croquetas tengan ese sabor a crudo tan poco agradable. Verás cómo se forma una pasta espesa que ha recogido todo el aceite y el sabor del fondo de la cazuela.
Llega el momento de dar cremosidad. Vamos vertiendo la leche poco a poco, siempre a chorritos pequeños y sin dejar de remover con las varillas o una cuchara de madera. La masa irá absorbiendo la leche y creciendo. Justo antes de retirarla del fuego, cuando ya esté espesa y se despegue de las paredes, añadimos media cucharada de mantequilla y la sal. La mantequilla es el toque final de la Iaia para que la masa sea sedosa, brillante y se deshaga en la boca.
Pasamos la masa a una fuente y dejamos que repose (si puede ser toda la noche, mejor). Una vez fría y manejable, preparamos un plato con huevo batido y una pizca de sal, y otro con farina de galeta (pan rallado). Cogemos porciones de masa con el cariño que merece esta receta y les damos forma. Las pasamos por el huevo y luego por el pan rallado, asegurándonos de que queden bien cubiertas para que no se abran al freír.
Finalmente, freímos las croquetas en abundante aceite de oliva muy caliente. Al dorarse, el aroma que desprenden es el mismo que inundaba la cocina de la Iaia Carmen. Al morderlas y notar esa cremosidad con el toque de tomate y el pollo bien trinchado, entenderás por qué las personas nunca se van del todo. En cada bocado, la Iaia vuelve a estar sentada a nuestra mesa.