Separamos las claras de las yemas con cuidado. Montamos las claras a punto de nieve firme y reservamos. Por otro lado, batimos las yemas con el azúcar con energía hasta que la mezcla blanquee y triplique su volumen; este aire es el que dará vida al bizcocho.
Incorporamos la harina y la levadura, previamente tamizadas, para evitar grumos. Por último, añadimos las claras con movimientos suaves y envolventes, integrando ambas partes sin prisa para no perder el aire que hemos creado.
Dividimos la masa en dos partes iguales. A una de ellas le añadimos el cacao puro, integrándolo suavemente.
Horneamos cada bizcocho por separado en un molde bien engrasado a 180°C (calor arriba y abajo) durante unos 25-30 minutos
Una vez fuera del horno, la paciencia es nuestra mejor aliada. Dejamos enfriar los bizcochos al menos dos horas. Este reposo permite que la miga se asiente, evitando que se rompa al crear nuestro puzzle geométrico.
Cortamos cada bizcocho por la mitad de forma transversal. Ahora, con ayuda de moldes o cortadores, creamos círculos: uno en el centro y otro más grande cerca de los bordes.
Llega el momento más divertido: intercambiamos los anillos. Colocamos un aro de chocolate dentro de uno de vainilla (y viceversa), usando la mermelada de fresa como el "pegamento" que unirá no solo los sabores, sino también nuestras piezas. Alternamos las capas para que, al cortar, aparezca el contraste perfecto.
Cuando ya está montado lo reservamos en la nevera.
Para el acabado, fundimos el chocolate al baño maría con una nuez de mantequilla para lograr un brillo espejo. Bañamos la tarta sobre una rejilla, dejando que el chocolate caiga de forma natural cubriendo cada rincón.
Como broche final, preparamos unas fresas confitadas: las cocinamos 5 minutos en una suave mezcla de mantequilla y azúcar moreno hasta que brillen. Una vez frías, las colocamos en la base de nuestro pastel, aportando frescura y ese color rojo vibrante que enamora.