Empezamos lavando muy bien el calabacín, cortándole la punta y la base. ¡No lo peles! La piel le da ese color vibrante tan bonito.
Si dispones de una mandolina, corta el calabacín en láminas lo más finas posible; es el secreto para que parezca de restaurante. Si no tienes, un pelador ancho de verduras hará el trabajo igual de bien.
Presenta las láminas de calabacín en el plato (solapándolas un poquito, como si fueran tejas). Corta el tomate seco en tiras finas y repártelo por encima.
Trocea las nueces al gusto y añádelas sobre el calabacín. Esto le dará el toque crujiente necesario.
Ahora, con el mismo pelador, haz láminas finas (o virutas) de queso de oveja y espárcelas por todo el plato.
Salpimienta al gusto, riega con un buen chorro de Aceite de Oliva Virgen Extra y... ¡a disfrutar!