Preparamos un bol con agua, un chorro de limón y unas ramitas de perejil. Este paso es vital para que nuestras alcachofas mantengan su color y no se ennegrezcan.
Retiramos las hojas exteriores (unas tres capas). Cortamos la punta (unos dos dedos) y el tallo, dejando unos 8 cm. Pelamos el tallo con cuidado para dejarlo limpio y liso.
Con la punta de un cuchillo y mucha delicadeza, retiramos los "pelos" internos. Las vamos sumergiendo en el agua ácida según las terminamos.
Calentamos el AOVE en una olla alta. La temperatura debe ser constante, entre 70-80°C. Controlar que no burbujee es el secreto para que confiten y no se frían. Para no fallar, yo siempre uso un termómetro culinario. Es la única forma de asegurarte de que el aceite no suba de temperatura y las alcachofas se mantengan melosas. Secamos muy bien las alcachofas con papel absorbente y las sumergimos totalmente en el aceite. Las cocinamos durante 1 hora y media, controlando siempre la temperatura del aceite.
Una vez apagado el fuego, retiramos la olla y dejamos que las alcachofas reposen en el aceite unas horas a temperatura ambiente hasta que estén completamente frías. Este descanso es fundamental: permite que la fibra se termine de ablandar y que las alcachofas sean mucho más dóciles a la hora de abrirlas en forma de flor sin que se rompan.
Precalentamos el horno a 200°C con grill. Cortamos la base del tallo para que se aguanten de pie y vamos abriendo las hojas una a una, con mucha delicadeza, hasta formar una flor.
Metemos al horno solo 2 minutos para que se doren. Sacamos, añadimos pimienta y sal Maldon al gusto. ¡Quedan increíblemente tiernas!