Comenzamos lavando bien las fresas frescas. Una vez limpias, las troceamos en cuadrados pequeños.
Ponemos las fresas en una cazuela , añadimos 50g de azúcar y unas gotas de limón. El limón no solo actúa como conservante natural, sino que realza el color rojo brillante de la fruta.
Cocinamos a fuego suave durante unos 15 minutos. No buscamos una mermelada triturada de supermercado; queremos que el jugo reduzca y espese hasta que tenga una textura melosa, pero donde las fresas aún conserven algo de su forma y cuerpo.
Retiramos del fuego y dejamos enfriar en la nevera.
Empezamos separando las yemas de las claras. A las yemas les añadimos la mitad del azúcar que nos quedaba y batimos con unas varillas eléctricas. No tengas prisa; bate hasta que doblen su volumen, blanqueen y veas que han espesado creando una crema sedosa.
Es el momento de añadir el queso Mascarpone. Aquí dejamos las varillas y lo integramos bien con una espátula, con movimientos envolventes, hasta que esté totalmente disuelto y sin grumos. Queremos una mezcla homogénea y brillante.
Monta las claras que habías reservado con el resto del azúcar a punto de nieve e incorpóralas a la mezcla anterior muy suavemente. Esto es lo que le dará esa ligereza "de nube" tan característica.
Lo reservamos en la nevera mientras preparamos el café.
Ahora montamos nuestro tiramisú, empapando los bizcochos en el café, lo justo para que no haya exceso de liquido. Hacemos la primera base de bizcochos.
Añadimos una capa de mascarpone y la repartimos.
Ahora añadimos una capa de nuestra 'mermelada de fresas' repartiéndola bien por toda la superficie.
Hacemos otra capa con los bizcochos
Añadimos nuestra ultima capa de crema de mascarpone.
Espolvoreamos el cacao con ayuda de un tamiz o colador a la hora de servirlo.
Dejamos reposar en la nevera por un mínimo de 6 horas para que todos los ingredientes se asienten y den un resultado espectacular.
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