Comenzamos lavando y pelando las manzanas con calma.
Para lograr que todos los gajos sean simétricos y se caramelicen de manera uniforme, yo utilizo este cortador de manzanas, que me permite retirar el corazón y obtener cortes perfectos de un solo golpe (como habéis visto en el vídeo, ese sonido es pura satisfacción). En una sartén, ponemos el azúcar moreno junto al chorrito de limón a fuego medio hasta que empiece a burbujear. Añadimos la mantequilla removiendo con mimo hasta lograr una glasa brillante, oscura y profundamente aromática.
Incorporamos los gajos de manzana a la sartén y dejamos que se cocinen a fuego suave durante unos 10-15 minutos. El objetivo es que se impregnen bien del caramelo y empiecen a ablandarse, pero manteniendo siempre su estructura. Añadimos canela al gusto.
Una vez caramelizadas, pasamos las manzanas con todo su jugo de la sartén a un molde (Yo uso uno de cristal apto para horno). Colócalas con cuidado de forma que cubran bien toda la base, creando esa capa generosa y brillante que será la cara visible de nuestra tarta. Cubrimos la fruta con la lámina de masa quebrada o de hojaldre, metiendo los bordes hacia dentro del molde, como si estuviéramos "arropando" las manzanas. Pincha la superficie con un tenedor para que la masa respire y suelte el vapor durante la cocción.
Llevamos al horno precalentado a 190°C durante unos 25-30 minutos, o hasta que veas que la masa está bien dorada y crujiente.
Al sacarla, deja que repose unos 5 minutos para que el caramelo se asiente. Pon un plato encima y, con un movimiento firme y seguro, dale la vuelta. Es el momento místico donde descubres el tesoro que se escondía debajo.
Sirve una porción mientras aún esté tibia y corona con una bola de helado de vainilla. Ver cómo el helado se funde lentamente sobre el caramelo caliente es el final perfecto para este ritual de cocina con alma.