Precalentamos el horno a 200°C con calor arriba y abajo. Mientras, humedece ligeramente un trozo grande de papel de horno, arrúgalo con las manos y escúrrelo. Al estar húmedo, se adaptará perfectamente a las paredes de tu molde (te recomiendo uno desmoldable de 24-26 cm).
En un bol grande, batimos el queso crema con el azúcar hasta que obtengas una mezcla lisa, brillante y sin ningún grumo. Puedes hacerlo con varillas manuales, no hace falta mucha fuerza.
Añadimos la nata para montar y seguimos batiendo suavemente. Verás que la mezcla empieza a coger una textura más sedosa y con un poco más de cuerpo.
Añadimos los huevos de uno en uno. Este paso es clave: no añadas el siguiente hasta que el anterior esté totalmente integrado. Bate con suavidad; no queremos introducir aire a la masa para que no suba como un bizcocho, sino que quede densa y cremosa.
Por último, incorporamos la harina tamizada. Mezclamos con movimientos envolventes hasta que la masa sea completamente homogénea.
Vertemos la mezcla en el molde y horneamos unos 50 minutos.
Si te gusta que el centro sea casi líquido sácala a los 40 minutos. Si prefieres que tenga una miga más marcada, como el mío, déjala hasta los 50.
Al sacarla, verás que el centro "baila" un poco (estilo flan). No te asustes, es normal. Deja que se atempere del todo fuera de la nevera y, una vez fría, métela en el frigorífico un mínimo de 4 horas (aunque mi consejo es que la dejes toda la noche).