Comenzamos limpiando y picando la cebolla y los ajos con mucho mimo. Cortamos la cabeza de lomo en dados de tamaño pequeño. Este detalle es fundamental para que, al comer, cada bocado sea un equilibrio perfecto entre la pasta y la carne.
En tu cazuela preferida (si es de hierro, mucho mejor), añadimos un buen chorro de aceite de oliva virgen extra. Cuando esté bien caliente, incorporamos la carne para dorarla a fuego fuerte. Buscamos sellar todos sus jugos para que quede tierna.
Bajamos el fuego y añadimos el ajo picado y la cebolla. Dejamos que se pochen suavemente, sin prisas. Queremos que la cebolla esté transparente y empiece a dorarse, integrándose totalmente con la carne.
Incorporamos el tomate triturado al sofrito, añadimos una pizca de finas hierbas, sal y pimienta. Aquí llega el truco que marca la diferencia: añadimos 1/2 cucharadita de bicarbonato para rectificar la acidez del tomate y lograr un sabor suave y equilibrado.
Bajamos el fuego al mínimo y dejamos que todo se cocine con suavidad durante unos 25 minutos. Es fundamental mantener este fuego lento constante; es el tiempo necesario para que la cabeza de lomo se transforme, quede melosa y los sabores se fundan por completo para crear una salsa con cuerpo, intensa y llena de vida.
Mientras la salsa coge fuerza, hervimos los macarrones finos en abundante agua con sal. ¡Atención aquí! Los sacamos justo un minuto antes de lo que marca el paquete (un poco antes de estar al dente), ya que terminarán de cocinarse con la salsa.
Escurrimos la pasta e incorporamos los macarrones directamente a la cazuela con el guiso. Añadimos un poco del agua de cocción. Removemos todo con cuidado durante un minuto hasta que el conjunto sea uno solo.
Servimos los macarrones bien calientes directamente en los platos. Cubrimos con una buena cantidad de queso emmental rallado y removemos ligeramente; el calor residual de la pasta será suficiente para fundir el queso y crear esa textura cremosa y deliciosa que tanto nos gusta.
Así los hacía mi abuela y, para mí, volver a prepararlos es un recuerdo inexplicable; es sentir que, a través de estos sabores, el tiempo se detiene y ella sigue conmigo en la cocina.